There are *no* inconsistencies in the Discworld books; ocassionally,
however, there are alternate pasts. (Sir Terry Pratchett, alt.fan.pratchett)
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Saga Tiffany Dolorido (III) - Wintersmith
lunes, 12 de abril de 2010 en 3:46 0 commentsCon Wintersmith se cierra la primera trilogía de la saga Tiffany Dolorido/Aching, una saga de brujas que sigue a las subserie brujas, pero más orientada a un público juvenil. Aunque las brujas Yaya Ceravieja y Tata Ogg también aparecen en la saga de Tiffany, no son más que cameos y en ningún momento adquieren un rol protagonista. Otra cosa es que cada vez que la presencia de Yaya se siente en el ambiente, ya eclipsa a todos los demás personajes y se convierte en protagonista por sí misma.
Si bien es cierto que la siguiente novela del Mundodisco, I Shall Wear Midnight (que por cierto, ya está terminada), también tendrá a Tiffany como protagonista, en esta novela parece que se fusionarán finalmente las dos subseries de las brujas en una, consiguiendo, espero, que un personaje como Tiffany participe en historias más enfocadas al público adulto. Aunque yo me considero adulto y he disfrutado muchísimo con todas sus historias. Pero supuestamente un niño las disfrutaría más. Igual que Momo, Los Viajes de Gulliver o El Principito. ¿No?
En Wintersmith, Tiffany es ya casi una adolescente y sus conocimientos sobre brujería (esa brujería tan necesaria como poco glamourosa que se lleva a cabo en Lancre) han crecido mucho. En primer lugar, esta chica ha experimentado en tres novelas un crecimiento físico y psicológico conseguidísimo. Sigue siendo una chica tozuda, que se cuestiona todo lo que ocurre a su alrededor y que, a estas alturas, ya tiene asumido que su destino, lo que hará durante el resto de su vida, será ser bruja. Que no es lo mismo que hacer brujería.
Wintersmith es una novela cargada de simbolismo. El argumento se basa en que, en el tránsito entre estaciones, se llevan a cabo ciertos rituales que parecen ser imprescindibles para que éstas lleguen. Sin duda, quien haya leído a Pratchett será consciente de que parte de su genio reside en cómo redefine ciertas convenciones sociales, culturales o políticas para convertir elementos abstractos o inertes en personajes de ficción. Con sus altibajos, sus personalidades, su fuerza y su flaqueza. Las estaciones, en este caso, son representadas con forma humanoide, reificadas como la Muerte o ciertos dioses imposibles. Y el ritual de los solsticios, al contrario de lo que ocurre en Mundobola, en el que el ritual celebra la llegada de una nueva estación, es necesario para que esta transferencia ocurra.
Pues bien, esete ritual consiste en una danza en la que las brujas no pueden inmiscuirse, pero que resulta tan seductora para Tiffany que, inevitablemente, se deja llevar por el baile y termina bailando con el invierno. Y el invierno se enamora de ella y la persigue constantemente, agasajándola con un sinfin de regalos divertidísimos en forma de nevadas, copos con su cara grabada o flores de hielo.
Por otra parte, también cobra gran importancia la relación de Tiffany con las otras brujas, especialmente Miss Treason, pero sin olvidarnos de la despreciable Annagrama (¡es que no puedo con ella!). Tiffany está empezando a ganar poder y a tener un nombre, y al mismo tiempo su inevitable curiosidad adolescente le juega malas pasadas. Menos mal que la voz de su inconsciencia, en forma de pequeños hombrecillos borrachos y ultraviolentos, le servirá para mantenerse, en la medida de lo posible, con los pies en el suelo.
Creo que es la novela en la que más he disfrutado con el préstamo, esa cualidad que tienen las brujas de habitar temporalmente el cuerpo de otro ser vivo (normalmente un animal, aunque como vimos en A Hat Full of Sky, y veremos en esta novela, no siempre es así), ya que Miss Treason es una grandísima virtuosa en este sentido.
Por otra parte, Pratchett sigue jugando con elementos adheridos a la imagen popular que tenemos de las brujas, como sus abalorios, sus ropas o sus viviendas. Un concepto abstracto que engloba a la parafernalia que, históricamente, hemos asociado a ciertos personajes que se mueven en los bordes, como diría Yaya Ceravieja. En los bordes entre lo real y lo virtual, en lo oculto, entre mundos y entre personas, entre almas y entre el bien y el mal. Este concepto es bautizado como boffo en Wintersmith, y por lo que he leído, parece ser una de esas palabras de nuevo cuño que adquieren un significado propio única y exclusivamente en el Mundodisco, porque es aquí donde tienen un sentido.
Por cierto, como curiosidad, decir que la mayoría de chorradas brujiles que Miss Treason compra para decorar su casa (arañas o velas rezumantes, entre otras) se encuentran en Boffo Novelty and Joke Shop (Novedades y Artículos de Broma Boffo, o algo así), cuyo dueño, Jack Proust, también hace un buen dinero con la venta a distancia, y fue uno de los primeros comerciantes en aceptar la nueva moneda de Ankh-Morpork. Servicios postales y dinero recién creado. Sí, Moist von Lipwick es uno de las grandes fuentes de riqueza y popularidad de esta tienda tan popular.
Wintersmith es una de las mejores novelas del Mundodisco, injustamente pasada por alto por una gran parte del público debido a la etiqueta young-adult. Pero ésta novela es oscura, casi en ocasiones angustiosa, y es que enfrentarse a entidades informes que lo son todo y que parecen omnipotentes genera situaciones realmente tensas, resueltas además con gran audacia por el maestro. Pratchett cuida hasta el último detalle de los momentos clave de sus obras, y Wintersmith es una joya perfectamente hilada, con un argumento fantástico y unos personajes fantásticos que terminan haciéndonos ver el Mundodisco como un mundo cada vez más real y parecido al nuestro.
Imprescindible. ¡Que la traduzcan ya! Y hablando de traducciones, en la Wikipedia bautizan al Wintersmith como Forjainvierno. ¡Jo! Me quito el sombrero ante quien lo haya hecho. Es una traducción p-e-r-f-e-c-t-a.
Por cierto, de Wintersmith hasta se hizo una canción.
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Compártelo: Saga Tiffany Dolorido (I - I) - Los Pequeños Hombres Libres
miércoles, 3 de marzo de 2010 en 4:47 3 comentarios:Este cuadro se titula The Fairy Feller's Master Stroke, pintado por Richard Dadd, y tiene mucha importancia en el libro. Podéis leer más sobre él y sobre su desdichado autor aquí.
"Nac Mac Feegle! The Wee Free Men! Nae king! Nae quin! Nae laird! We willna be fooled again!" - Los Nac Mac Feegle en pie de guerra
Nota 1: he preferido dejar algunos nombres propios en inglés porque no sé cómo se han traducido a nuestro idioma.
Nota 2: hay algún spoiler menor, pero si no has leído el libro y tienes intención de hacerlo, la verdad es que no creo que te vaya a fastidiar mucho la lectura. En cualquier caso, ahí queda el aviso.
Los Pequeños Hombres Libres es la primera de la subserie de Tiffany Dolorido, que podría considerarse una subserie de la subserie de las brujas. Pero como el orden de lectura del Mundodisco es bastante particular, trataremos esta saga como una independiente, y daremos por concluida la saga de las brujas en Carpe Jugulum.
Por fin llegamos a Tiffany Dolorido, a la campiña en la que vive, a su villa natal, a esos mares de campo que se extienden hasta donde la vista se pierde y a sus entrañables aunque hoscos vecinos. Al pincipio puede ser ligeramente difícil engancharse, la protagonista puede provocar más de una antipatía (sobre todo al principio de esta novela, y sobre todo a los que desafortunadamente ya no nos podemos considerar de ninguna manera, por rebuscada que sea, adolescentes) y no tiene el carisma ni el recorrido que tienen otros clásicos de la saga, como Rincewind o Sam Vimes.
Aunque la primera aparición de los Pequeños Hombres Libres (o The Wee Free Men o pictsies o Nac Mac Feegle) fue en Carpe Jugulum, es en esta novela en la que gozan de un protagonismo indiscutible y ofrecen una contrapartida muy divertida a Tiffany, tanto cuando está desorientada y no sabe que hacer, como cuando está enfadada, o en alguna de sus poco frecuentes concesiones a la melancolía o el sentimentalismo.
Pero empecemos por el principio.
Tiffany Dolorido pertenece a una familia que lleva viviendo en la misma villa (a relativamente poca distancia de Lancre) desde hace generaciones. En la novela, cuando hay alguna referencia a sus familiares, sin embargo, el protagonismo es casi monopolizado por su difunta abuela, Granny Aching (ver nota 1). ¿Por qué? En primer lugar, porque hay más de una razón para pensar que fue una bruja en vida, o al menos, que desempeñaba sus labores con la elegancia, el silencio y la cabezología propias de una. En segundo lugar, porque Yaya Ceravieja admite en la novela que habría sido un placer conocerla. Y es que para que Yaya diga algo así de alguien, ese alguien debe haber vivio experiencias y aventuras (aunque no fueran populares o no ocurrieran en lejanos parajes exóticos) de lo más difícil y desafiante.
Tiffany es una niña a las puertas de la preadolescencia y no hay nada especialmente destacable en ella. Pasa la mayor parte de su tiempo ordeñando vacas en la granja o cuidando ovejas. Sin embargo, hay algo que la hace diferente de los otros niños: ella hace preguntas. Sus padres no se molestaron demasiado en ocultar de dónde venían los niños, y ya desde pequeña tuvo que ayudar en el parto de algún que otro cordero. Esto sirvió para cincelar una personalidad extremadamente realista y una capacidad innata para ver lo que realmente pasa, lo que realmente está ahí, y no lo que nos gustaría o deberíamos ver.
Tiffany, además, tiene un hermano: Wentworth.
Curioso nombre, por cierto, ya que muy probablmente provenga de la combinación de los nombres en Inglés Antiguo wintra (invierno) y worð (recinto vallado/cercado). Es decir, normalmente Wentworth era el nombre del lugar en el que el ganado se guardaba durante el invierno (asumo que no sería una granja simplemente, sino que estaría acondicionado). En esta novela es secuestrado por la Reina del Mundo de las Hadas (Fairyland) y retenido en su mundo. Un mundo que ¡sorpresa! destaca por estar viviendo un invierno constante, durísimo, en el que de no ser por las esqueléticas siluetas ennegrecidas de árboles muertos, uno no sabría diferenciar entre la nieve y el cielo plomizo y descorazonador que lo recubre.
Este secuestro es el principio de una búsqueda al más puro estilo por parte de una hermana tras su hermano. Algo que, por cierto, también ocurre en Monstruous Regiment, por ejemplo.
A partir de aquí, Tiffany entra en contacto directo con los Nac Mac Feegle, quienes ofrecerán su ayuda para rescatar a su hermano y conseguir, de paso, esa ansiada venganza contra la Reina por haberles expulsado de su mundo en algún momento del pasado. Esta Reina maneja a su antojo los sueños de los humanos (como buen elfo mundodisquero que se precie), y ha construido un mundo en el que todas las fantasías, los sueños y las pesadillas se dan cita en una macedonia totalmente caótica de personajes extravagantes, absurdos y que parecen sacados de los descartes de los cuentos de hadas más alocados de la historia.
De alguna manera, Los Pequeños Hombres Libres guarda una relación bastante evidente con Alicia en el País de las Maravillas. Sobre todo, por la caracterización de los personajes, la ambientación y la localización (localización imposible de localizar en ambos casos, ya que ambas historias se mueven en la fina línea que separa lo real de lo onírico).
Esta novela se deja leer fantásticamente bien. Es rápida, dinámica, tiene todo para enganchar a cualquier tipo de lector, y creo que su mayor acierto es conseguir ese punto de moraleja o consejo tan Pratchett de "oye tú, no dejes que los convencionalismos, los prejuicios y las historias que te contaron desde que eras pequeño te impidan ver lo que realmente tienes delante, sobre todo no dejes que te impidan ver personajes fantásticos, seres mitológicos o duendecillos azules que te espían desde la cafetera de la cocina". En esta novela casi se puede tocar la fantasía. Está ahí, siempre ha estado ahí, y en una historia contada con tanto mimo y tanta delicadeza cualquier lector (por supuesto, independientemente de su edad, faltaría más) tendrá la tentación de dejar caer hacia atrás la cabeza, cerrar los ojos y dejar volar una imaginación que, en muchos casos, y para desgracia de todos, ha sido sepultada por eso contra lo que Pratchett lucha en cada página. Todos sabemos lo que es. Yo no me atrevo a ponerle nombre. Si acaso lo describiría como esa obligación de ser que nos impide vivir al mismo tiempo.
Los Pequeños Hombres Libres es una joya. Invita a la relectura en más de una ocasión, tiene un montón de personajes muy carismáticos (los pictsies, Tiffany, las brujas que aparecen en la novela, e incluso Wentworth y su graciosísimo lenguaje a caballo entre un niño malcriado y el loro de Nation son algunos ejemplos) y tiene esa rara capacidad de transmitir imágenes. Cuando Pratchett describe los escenarios en los que se desarrolla la acción, lo hace con una maestría tal que en pocas páginas (y con la excusa de los saltos entre mundos a los que tan acostumbrados están los Feegles) uno puede pasar de sentir los rayos de una mañana cualquiera en una campiña británica y oler a tabaco de liar y trementina, a estremecerse con el rugido de un mar furioso amenazando desde las profundiades, en una noche oscura y sólo iluminada por la desafiante luz de un faro que casi hace equilibrios para mantenerse erguido sobre una cama de rocas afiladas y decoradas por la espuma de las olas y los pequeños moluscos atrapados entre sus grietas. Casi nada.
No quisiera terminar la reseña sin hacer referencia a la importancia de la palabra. La palabra como una herramienta mágica, con fuerza por sí misma y a la que se debe temer, amar o respetar es un tema recurrente en las novelas de Pratchett. Lo hemos visto en los gólems de Pies de Barro, lo hemos experimentado en las bibliotecas de la Universidad Invisible y, en esta ocasión, la palabra tiene tantísima fuerza que los pictsies la temen incluso más que al más terrible de los monstruos. Por este motivo la presencia de abogados que parecen una reificación de sí mismos y de un colega de profesión atrapado en el cuerpo de un anuro un tanto pedante y altanero tienen tanta importancia. Y nos harán reír tanto.
Concluyendo, una novela preciosa, un imprescindible para los amantes de la fantasía y un auténtico regalo que disfrutará mucho un lector de 14 años, pero al que un lector de 34 sin prejuicios le puede sacar muchísimo más.
Recomendada, por otra parte, su lectura en inglés, ya que ese dialecto tan extraño que hablan los Feegles habrá perdido parte de gracia (imagino, no lo sé) en su transformación a un dialecto reconocible para un español. En cualquier caso, es sólo una recomendación, los traductores habrán hecho, seguro, un trabajo espectacular. La novela lo merece.
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